ORACIÓN E INTERCESIÓN EN LA VIDA DEL CRISTIANO Y DE LA IGLESIA

 

BLOQUE I: EL COMIENZO DE UNA VIDA DE ORACIÓN

 

V – LA ESCUELA DE JESÚS: TERCERA LECCIÓN

 

Lecturas: Lucas 11:9-13; Jeremías 23:18-24.

Texto: Amós 3:7: “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.”

           

Introducción

Jesús todavía no ha terminado: hay mucho más para aprender sobre la oración; y El procede a dar una nueva lección que se edifica sobre la segunda, pero se profundiza, entrando en más detalle. No es sólo una cuestión de persistir, sino de saber cómo persistir: es decir, añadir sabiduría a nuestra perseverancia (vs. 9-13).

 

(A) Descubriendo el porqué.

(i) ‘Y yo os digo, pedid…’

En base a todo aquello que Jesús nos acaba de decir, nos vuelve a recalcar, para que no haya ninguna duda: ‘pedid’. No tengáis miedo, reparo, dudas ni argumentos al contrario. Hacedlo, persistid en ello, usa lo que Dios te ofrece. Es como si Jesús se esforzase para darnos toda confirmación y seguridad: ‘esto funciona. Te lo digo Yo.’

En cuanto a la disposición de Dios para con Sus hijos, no hay excepciones, ni casos especiales, ni letra pequeña ni cláusulas atenuantes: ‘todo aquel que pide recibe.’ Así es la ley con que Dios gobierna Su conducta frente a la oración.

 

(ii) ‘Buscad, y hallaréis…’

Ahora, es totalmente evidente que en muchas ocasiones parece que Dios no va a responder: que a la hora de la verdad esa ley no funciona. Ya nos habló de que a veces parece que nuestro amigo no quiere o no puede levantarse a responder, y nos instruyó a emplear la persistencia, la importunidad.

Pero la cosa no termina allí. Si persistimos, y no vemos que nada cambia, hay algo fundamental, clave, que debemos añadir a la persistencia; y es la consulta. De todos los pasos en el desarrollar de una vida de oración, este es quizás el más importante de entender, y la clave para todo lo que viene después; el comienzo del aspecto profético de la oración, que lo convierte en diálogo.

Ya tenemos claro que el problema no es que Dios no piensa responder: Su ley nos dice todo lo contrario. Por lo tanto, debemos empezar a preguntarle, ¿qué es lo que pasa? Somos amigos, y como ya vimos, eso nos da derecho a saber lo que nuestro Señor está haciendo (Juan 15:15).

Si no hay respuesta, algo va mal: y nuestra responsabilidad es indagar para descubrir lo que es. Dios quiere compartir Sus secretos con nosotros (Jeremías 23.18). Está dispuesto a revelarnos aquellos motivos por los cuales Satanás está consiguiendo frenar la respuesta; que a veces son recursos legales que el enemigo está presentando, que son justas, y que Dios no puede pasar por alto. Es hora de dejar de simplemente pedir, y empezar a buscar.

Ahora, de nuevo nos ofrece la misma seguridad. Lo de recibir repuestas no es sólo para gente especial, personas preferidas, santos con un enchufe privado con el cielo: Dios no hace acepción de personas.

Lo que justifica a la gente delante de El es la fe; y la fe se revela cuando creemos que El recompensa a todos aquellos que persisten en buscarle (Hebreos 11:6).

Por lo tanto, el que decide ponerse en seria consulta con Dios para descubrir qué está pasando, va a encontrar respuesta: ‘el que busca, halla.’

 

(iii) ‘Llamad, y se os abrirá.’

Habiendo buscado el motivo, indagado sobre la causa, y recibido de Dios esa revelación que nos indica el problema: hemos identificado aquella puerta cerrada frente a la cual el Señor estaba diciendo, ‘no puedo levantarme a dártelos.’

Ahora, pues, nos toca llamar con fuerza e insistencia, decididos a no aceptar ninguna respuesta salvo la positiva.

Ya no se trata de la petición inicial, sino de aquello que Dios ha revelado como el obstáculo a la petición.

Puede que esto implique alguna acción de nuestra parte, de rectificar alguna cosa que no estaba en orden, y daba pie al enemigo. Obviamente, no podemos avanzar hasta solucionar esto.

Ahora, teniendo las cosas en orden, oramos sobre el punto que Dios ha revelado; y Jesús nos asegura que conseguiremos nuestro objetivo.

El ‘bloqueo’ desaparecerá; y entonces la respuesta a nuestra petición original podrá llegar. Cuando se insiste en golpear con fe las puertas cerradas, se abren delante de nosotros.

Satanás ha estado resistiendo: pero le hemos identificado, y ahora se aplica la promesa de Santiago: ‘resistid al diablo, y él huirá de vosotros.’ (Cap. 4:7).

Aquí es donde entra la prerrogativa de Jesús, Quien al vencer el pecado y a la muerte se apoderó de todas las llaves, todos los derechos; y Quien dice:

«Yo soy… el que vivo y estuve muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hádes.» (Apocalipsis 1:17-18).

Y dice:

«Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David.» (Cap. 3:7).

Por eso también nos asegura que El es:

“el que abre, y ninguno cierra; y cierro, y ninguno abre.” (v.7).

 

(B) La ejecución de la sentencia divina

Es este  punto de la oración entramos directamente en la obra ejecutiva que Dios nos ha encomendado, por medio de nuestra colaboración con el Espíritu Santo.

Para llegar aquí, primero hemos establecido el apoyo del poder legislativo: hemos identificado y creído lo que la palabra de Dios nos dice sobre nuestros derechos en la situación.

También el poder judicial se ha pronunciado a nuestro favor, porque Dios nos ha mostrado aquello que se interpone entre nosotros y el cumplimiento de nuestra petición: y si esto nos requería alguna acción concreta le hemos obedecido; así que hemos oído Su ‘sentencia’.

Pero Satanás, como usurpador que es, no tiene ninguna intención de respetar el decreto Divino: hay que obligarle a ello.

 

(i) Derecho innegable

No debemos pensar que en tal situación siguen habiendo motivos por los cuales Satanás tenga derechos en contra nuestra. Jesús ha pagado un precio más que suficiente para cancelar cualquier deuda: la sangre del Cordero de Dios tiene un valor incalculable, infinito.

Ha pagado por los pecados del mundo entero, y si hiciera falta, cubriría la deuda de un millón de mundos. Todos los pecados, y todas sus consecuencias de enfermedad, opresión, sufrimiento, muerte: Jesús canceló la deuda al completo.

Con esa obra Jesús se ha hecho con la autoridad absoluta en este mundo. Ha recuperado todo aquello que Adán entregó a Satanás, al pecar y hacerse siervo del pecado.

Es por eso que El dice, ‘toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.’ (Mateo 28:18).

Satanás ya no es, con derecho, Príncipe de este mundo: ha llegado Aquel que reivindica el derecho a la corona, y se ha sentado en el trono; sólo está esperando hasta que le sean sometidos sus enemigos:

«Se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.” (Hebreos 10:12-13).

Dios sólo pide una cosa de nosotros: la fe en Aquel que realizó semejante obra.

Por lo tanto, cuando traemos una petición, persistimos en ella, y además consultamos a Dios y nos muestra donde está el bloqueo (algún pecado no confesado, resistencia del enemigo por algún motivo concreto, la falta de plena seguridad en nuestro corazón…).

Entonces todas las cosas están en orden para ver implementada la voluntad de Dios, la respuesta que estamos buscando. ¿Por qué, entonces, sigue muchas veces sin ocurrir?

 

(ii) Los rebeldes

El problema no está en el derecho, sino en la aplicación del derecho. Si alguien ha cometido un asesinato, y ha sido condenado; pero se escapa y está por allí suelto; todos los derechos están en su contra.

Pero si no le encuentra la policía, y si no van y le traen a la fuerza, la sentencia en su contra no se podrá aplicar.

Debemos recordar que Satanás y todos sus secuaces, hasta el último demonio del ejercito de maldad, son rebeldes. No obedecen voluntariamente.

Cuando le dices a un demonio que salga, te responde que no. No sólo nosotros enfrentamos este problema. Ningún ángel va a cumplir una misión a menos que se lo haya encomendado Dios; pero los rebeldes se oponen a ellos, les resisten (Daniel 10:12-13; Judas 9).

Igual que cualquier pecador humano, ellos pueden ejercer su propia voluntad de desobedecer al mandato de Dios. Por lo tanto, tiene que entrar en acción la ‘policía’ de Dios, y obligarles a cumplir lo que Dios ha dicho.

 

(iii) La verdadera guerra

Es a esto que Pablo se refiere cuando nos dice:

“No tenemos lucha contra carne ni sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo; contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”

Cuando la policía llega a un domicilio para arrestar a un criminal, puede encontrar la puerta cerrada y barricada. Entonces procederá a tirarla abajo.

Tienen autorización, tienen derecho; pero aún les queda imponerlos por la fuerza. Nosotros no tenemos que hacer esto exactamente: sólo tenemos que seguir llamando, porque recordemos: el que la va a abrir es Jesús.

Pero haciendo eso hasta derrotar la resistencia del diablo, tarde una hora, un día, 21 días o los que sean; entonces llegará el momento cuando el Espíritu Santo de repente entrará en acción.

La certeza de lo que se espera llegará a nuestro corazón, la orden de ‘gritar, porque Dios nos ha entregado la ciudad’; y el Señor apartará al enemigo a un lado, o mandará más ángeles en apoyo de los que están luchando; y la respuesta llegará a nosotros.

Este es el significado de la promesa de Jesús:

“Al que llama, se le abrirá”

 

(C) La garantía extra

Jesús termina su discurso enfatizando de nuevo la sencillez de la oración. Debemos esperar de Dios respuestas claras, directas: que cuando pedimos pan, es pan que recibiremos.

Esperar otra cosa es dudar del buen carácter de Dios; ya que nosotros, a pesar de ser malos, respondemos a nuestros hijos de esta manera.

En oración debemos ser directos y específicos, y creer simplemente que Dios nos dará lo que pedimos (Santiago 1:5-7).

Nunca debemos pensar que Dios se acostumbrará a darnos, en respuesta a nuestras peticiones, alternativas que no deseamos; y aún menos que nos dará cosas dañinas, como si tomara algún placer en defraudarnos intencionadamente.

Ahora, además de esto, Jesús nos quiere dar una garantía muy importante.

A pesar de la disposición de Dios para contestarnos, en muchas ocasiones nuestra fe imperfecta, u otros factores por nuestra parte, pueden impedir que recibamos esa respuesta específica.

Pero Dios no quiere dejarnos desilusionados con nuestro fracaso, por lo tanto nos garantiza una cosa más: cuando quiera que buscamos algo de Dios, pase lo que pase, nos responderá con lo mejor que tiene: el propio Espíritu Santo.

Esa es la Gran Respuesta que siempre seguirá toda oración.

Así que nos hace saber que la oración siempre vale la pena, porque aún si por algún motivo no alcanzamos la respuesta deseada, sí que habrá siempre una manifestación de parte de Dios mismo; la intervención, de una manera u otra, de Su Espíritu.

Recordemos que esto no es para darle una excusa a Dios para darnos otras cosas que las que pedimos; es, al contrario, una garantía extra.

Cuando no conseguimos aplicar bien las lecciones sobre la oración, y no entramos en fe o no vencemos la oposición, aún así no nos quedaremos con las manos vacías. Ha habido oración, y por lo tanto el Espíritu Santo se moverá.

Siempre será mucho mejor que si no hubiéramos orado.

 

Conclusión

Recordemos pues: el secreto está en la tercera lección de Jesús: cuando ni la petición ni la persistencia inicial traen resultado, es hora de consultar a Dios, de entrar en diálogo con El; no sólo pedir, sino pasar a buscar.

Necesitamos revelación de Dios sobre la causa de la demora; y entonces podemos meternos en la lucha ‘cuerpo a cuerpo’ con el enemigo hasta que él queda derrotado, su resistencia se desmorona, y la oración prevalece.

Con este proceso Dios nos enseña a no convertirnos en religiosos.

En la religión católica, todo aquello que no se entiende lo llaman ‘misterio’; y los evangélicos hacemos lo mismo, salvo que lo llamamos ‘la soberanía de Dios’; y lo usamos como excusa por no descubrir cosas que Dios está deseando comunicarnos, para que Su obra se lleve a cabo.

Pero es Dios mismo quién, habiendo hablado de su autoridad, nos manda ir y hacer discípulos, y nos promete poder contra todo el poder del enemigo.

Es mucho más fácil practicar la resignación religiosa y acusar a Dios falsamente de no querer responder; mucho más incómodo y sacrificial tirarnos al suelo todo un día para preguntar a Dios por qué Hai ha derrotado a Israel. Pero este es nuestro trabajo, nuestra tarea, nuestro ministerio.

Aprendamos de la escuela de Jesús sobre la oración, y pongámonos en marcha para aprender a practicar la oración que prevalece.