ORACION E INTERCESION EN LA VIDA DEL CRISTIANO Y DE LA IGLESIA

 

BLOQUE I: EL COMIENZO DE UNA VIDA DE ORACION

 

IV – LA ESCUELA DE JESÚS: SEGUNDA LECCIÓN  

 

Lectura: Lucas 11.1-13; 18.1-8.

Textos:  Lucas 11.8 y capítulo 18.7: “…Por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.” “¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a El día y noche?”

 

Introducción

Después de explicar a los discípulos como iniciar una vida de oración, Jesús les habla del segundo paso que se tiene que dar para que la oración sea eficaz: la persistencia.

Esta segunda lección tiene un solo punto, pero Jesús pone mucho énfasis en hacer que los discípulos lo entiendan, usando en Lucas 11 un ejemplo muy ilustrador, y en el capítulo 18 una parábola de enseñanza profunda.

 

(A) El amigo insistente

Jesús sigue su enseñanza sobre la oración, proveyéndonos de la información necesaria para crecer en esta disciplina, y para vencer aquellos obstáculos que surgen y procuran robar la oración de su poder (vs.5-8)

(i) ‘Quien…tenga un amigo…’

La persona a quién nuestro hombre (que nos representa a nosotros, porque Jesús dice ‘¿quién de vosotros?’) se dirige, es su amigo.

Así en primer lugar Jesús nos recuerda que no nos acercamos a un desinteresado cuando vamos a Dios, a alguien indiferente a nuestra necesidad: sino a una persona predispuesta a ayudarnos en lo que pueda. Es nuestro amigo.

Los pensamientos que tiene acerca de nosotros son positivos (Jeremías 29.11).

No nos mira con severidad, con distanciamiento, con intolerancia, sino con bondad y amabilidad, con un deseo de responder.

Esta amistad del Señor no es un sentimiento trivial: sino tan profundo que ya le llevó a entregar Su vida por nosotros (Juan 15.13), lo que en sí confirma de manera obvia su disposición de darnos cualquier cosa que necesitamos:

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8.32).

Ahora, su libertad para usar esa amistad en nuestro favor cuando oramos, va ligada a la obediencia que le damos a El (Juan 15.14). Conforme crece la obediencia, crecerá también la revelación que recibimos orando (v.15); y nuestra oración se convertirá cada vez más en un diálogo.

 

(ii) ‘Va a él a medianoche…’

Aquí una pista sobre la actitud y espíritu de la oración eficaz. La urgencia de los temas de nuestra intercesión, de nuestro ruego a Dios, unida al impulso de la fe en nuestro corazón de que habrá respuesta de parte de Dios, nos llevará a seguir rogándole en las horas de vigilia.

No debemos permitir que los problemas nos quiten el sueño – llenando nuestro corazón de preocupaciones que no nos dejan dormir (Filipenses 4.6): pero sí debemos llevar a cabo esta descarga de nuestros corazones delante de El, con una seriedad y esfuerzo que aprovecharán las horas de la noche para completarse (I Pedro 4.7).

La doctrina de ‘velar en oración’ – orar cuando las velas están encendidas, de noche – es un elemento principal de la enseñanza sobre la oración neo-testamentaria:

“Orando en todo tiempo… y velando en ello con toda perseverancia…” (Efesios 6.19)

“Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.” (Colosenses 4.2)

“¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación.”  (Mateo 26.40-41).

(iii) ‘Un amigo mío ha venido…’

La persona acerca de quién nuestro hombre pide ayuda es también un amigo. Esto nos recuerda que mucha de nuestra oración tiene que ver con las necesidades de nuestros seres cercanos y queridos.

Esto no es egoísmo, sino la descarga de nuestra responsabilidad de cuidar de los nuestros (Gálatas 6.2). Intercedemos por necesidades lejanas cuando nos enteramos de noticias especiales; pero nuestra oración por los nuestros debe ser diaria (Filemón v.4). La respuesta a la pregunta que Caín le hizo a Dios es ‘sí’: soy guarda de mi hermano (Génesis 4.9).

 

(iv) ‘La puerta está cerrada…’

Aquí encontramos el punto clave de la cuestión: muchas veces tendremos esta sensación cuando oramos: que nos encontramos frente a una puerta cerrada; no hay respuesta de parte de Dios. No todas las cosas saldrán ‘a pedir de boca’: hay enemigos que vencer, y obstáculos que superar.

Nunca le falta poder a Dios, pero aquellas cosas que le dan derecho al enemigo a resistir nuestras peticiones sí, a veces, le impiden responder; porque Dios no puede ser injusto, ni siquiera con Satanás.

Por este motivo, en muchas ocasiones enfrentaremos esta primera respuesta de Dios: ‘no puedo levantarme y dártelos’.

 

(v) ‘Por su importunidad…’

¿Qué debemos hacer? Seguir pidiendo hasta hacernos pesados.

La gran importancia de la importunidad es aquí revelada. Habrá ocasiones cuando pensamos que nuestra relación con Dios no es suficiente para que El intervenga en nuestro favor.

Por ejemplo, si vemos a otros que nos parecen mejores cristianos que nosotros, y no vemos que Dios les contesta en una petición similar a la nuestra; podemos ser tentados a creer que nosotros entonces no tenemos ninguna esperanza de una contestación. Pero no es así: “aunque no se levante a dárselos por ser su amigo…”: aún si la relación no fuese suficiente, debemos saber que por la perseverancia prevaleceremos.

Si seguimos rogando y llamando, nuestra oración llegará a ser más importante que aquellos motivos por los cuales Dios no respondía; El se levantará, la puerta se abrirá, y recibiremos la respuesta.

 

(vi) ‘Todo lo que necesite…’

Cuando Dios así responde, a esta oración persistente que prevalece sobre los obstáculos, la respuesta no será mezquina, sino abundante.

Por lo tanto, no debemos conformarnos si parece haber una pequeña respuesta, como pensando, ‘bueno, parece que esto es todo lo que Dios quiere hacer aquí; algo es algo’.

Al contrario, debemos recordar que la disposición de Dios es de ser generoso; y así persistir hasta que la puerta se abre de par en par, y toda nuestra necesidad es suplida.

 

(B) La viuda tenaz

En el capítulo 18 Jesús repite esta misma enseñanza por medio de una parábola  que se introduce con una clara explicación de propósito (v.1):

“Les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.”

Lo deja muy claro: la persistencia en la oración es una necesidad. Puede que nos cueste entenderlo con razonamiento humano (‘por qué hay que insistirle a Dios, cuando El ya conoce nuestra necesidad antes de decirle nada’, etc. etc… ); pero que no dudemos de la palabra de Jesús: es necesario.

Esta parábola nos enseña cosas importantes.

(i) No aceptar el ‘no’

Así lo entendió esta viuda. El juez no quería hacerle caso, y durante un tiempo le mandaba de paseo. Pero ella fue tenaz, e iba detrás de él una y otra vez; no aceptaba el ‘no’.

Este es el espíritu que va a triunfar en la oración: el que no acepta el silencio de Dios, Su tardanza, como un rechazo de nuestra petición, sino aprende a tratar la petición a Dios como el acercamiento a alguien a quien tenemos que persuadir con nuestra insistencia. ¡Dios no es así, pero sí es la manera de orar a El!

Si no vemos respuesta, hemos de seguir pidiendo una y otra vez, ‘sin desmayar’: sin cansarnos, ni darnos por vencidos.

 

(ii) La injusticia del juez vs. la justicia de Dios

La corrupción en las autoridades no es un problema nuevo.

En principio Israel elegía sus jueces por su reputación de integridad y sabiduría (Exodo 18.21-22), y no (como se hace hoy) por haber completado una preparación académica que no garantizaba su carácter ni sentido de la moral en absoluto.

Pero aún así, a veces, gente mala entraba en el poder (I Samuel 8.1-3); y así fue en este caso:

“Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios ni respetaba a hombre.”

Este juez era corrupto: no entendía que Dios, Quién le daba su autoridad, le pediría cuentas de su uso de ella: no lo entendía, o le daba igual. Tampoco le importaba el sufrimiento de la gente, ni la opinión de otros acerca de su manera de hacer su trabajo. Sólo miraba por sus propios intereses.

A pesar de todo esto, la técnica de la viuda, su persistencia y tenacidad, consiguió justicia de parte de este hombre. Y Jesús dice, ‘oíd al Juez injusto’: prestad atención a su respuesta: cedió a la petición de la viuda porque ella persistió.

Dios en cambio, es completamente justo, es lleno de amor y misericordia; y tiene una predisposición de respondernos a nosotros, porque somos Suyos – “¿…acaso no hará justicia a Sus escogidos…? (v.7). Por lo tanto, ¿cómo no va a ser eficaz la persistencia con semejante Juez?

 

(iii) No hay demora innecesaria

Dios es paciente por naturaleza, y nunca actúa precipitadamente; pero de ninguna manera tarda en responder por otros motivos: pereza, falta de ganas, falta de recursos…

En Su condición de Juez universal (aún para los malos); de sabio absoluto; y de Ser omnisciente, que prevé todas las posibles consecuencias de su intervención, o falta de ella, o de hacerlo en uno u otro momento; en todas estas capacidades Dios tiene que calcular a la perfección Sus respuestas e intervenciones.

Pero Jesús nos asegura que en ninguna manera Dios será voluntariamente lento en responder: “os digo que pronto les hará justicia”.

A la primera oportunidad, en cuanto vea que todas las cosas combinan para hacer favorable una respuesta positiva, se moverá con rapidez.

 

(iv) Día y noche

Persistencia, dice Jesús. Pero ¿hasta qué punto?

Aquí tenemos la respuesta: Dios responderá a Sus escogidos, ‘que claman a él día y noche’. Aquí tenemos el patrón para la oración eficaz: debemos empezar y terminar el día buscando a Dios.

En la madrugada nos dirigimos a El, porque no hay nada más urgente; y por la noche volvemos para hacer vigilia, porque la carga que sentimos no cesa.

 

Conclusión

Aprendamos, pues, a orar así. Apaguemos la tele para traer nuestras peticiones a Dios de noche, con toda oración y súplica; y seamos disciplinados en acostarnos a una hora que permite levantarnos temprano y empezar el día en la presencia de Dios.

No nos cansemos en nuestro clamor a Dios. Aunque las circunstancias nos tienten a pensar que no nos escucha, que se ha olvidado de nosotros, aprendamos la segunda lección de Jesús: ¡no es así! Sólo es necesario no desmayar, sino persistir, importunar, una y otra vez. Viviendo cada día de esta manera, la oración cristiana puede recuperar su eficacia y traer cambios a este mundo.