ORACIÓN E INTERCESIÓN EN LA VIDA DEL CRISTIANO Y DE LA IGLESIA

BLOQUE I: EL COMIENZO DE UNA VIDA DE ORACIÓN

 

III – LOS PRIMEROS PASOS EN LA ORACIÓN

Lectura: Lucas 11.1-13.

Textos:  Lucas 11.1 y Mateo 6.9: “Señor, ensénanos a orar.” “Vosotros, pues, oraréis así.”

 

Introducción

Siendo la oración el ministerio principal del cristiano, y por lo tanto su aprendizaje su primera tarea, es lógico suponer que Jesús hubiera dicho algo al respecto; y por supuesto así lo hizo. No nos ha dejado sin orientación clara y específica sobre el tema. En su discurso más completo, el sermón del monte, habla de varios temas relacionados con la fe, la santidad y el testimonio; pero en cuanto a nuestra actividad como creyentes habla de tres: la ayuda a necesitados, la oración y el ayuno. Y cuando sus discípulos le piden directamente que les enseñe a orar, les contesta repitiendo la enseñanza que dio sobre el tema en este sermón, y añade varias enseñanzas más. En realidad les proporciona un curso de varias lecciones sobre la oración; y cualquier cristiano que decida seguirlo obedientemente verá cómo su vida de oración se establece, para luego seguir creciendo.

Lucas nos revela la pregunta de los discípulos (11.1), y nos da constancia de las distintas lecciones; y Mateo nos proporciona la versión completa de la lección número uno: el Padre Nuestro (cap.6.9-13).

 

(A) ¡No a la vana repetición!

Debido a la enseñanza incorrecta que se ha extendido por el mundo, debemos empezar por enfatizar lo que el Padre Nuestro no es: no es una especie de fórmula mágica que debe ser recitada una y otra vez por los creyentes, como algún tipo de ‘ábrete sésamo’ cristiano que hace que Dios conteste.

Mateo nos explica precisamente que Jesús acaba de decir (v.7) que la oración nunca debe ser una repetición de frases hechas; como si por repetir una recitación delante de Dios, Su deseo de responder va en aumento cuántas más veces la escucha.

A cualquier persona real, normal e inteligente, la repetición le aburre, después le irrita, y al final le insulta: y si realmente creemos que Dios está presente y escuchando, ¿cómo podemos tratarle como si fuera menos real o menos inteligente que nosotros?

Y es también un insulto a Jesús, si cogemos aquel ejemplo de oración que Él dio después de avisar que no se deben usar vanas repeticiones, y ¡hacemos de ese mismo ejemplo una vana repetición!

¿Para qué, entonces, sirve el Padre Nuestro? Sirve precisamente para contestar la pregunta que, según explica Lucas, los discípulos le acababan de hacer a Jesús: nos enseña cómo ordenar correctamente nuestra vida de oración, y cómo desarrollar tiempo delante de Dios.

Los discípulos sabían orar; pero no sabían hacerlo como Jesús, quien pasaba las horas incansablemente delante del Padre. El Padre Nuestro nos explica donde empezar para establecer nuestro hábito de oración, para después ir creciendo en ella. Está compuesto de los elementos básicos que deben entrar en nuestra oración diaria.

 

(B) El modelo perfecto

Nuestra oración diaria debe incluir seis aspectos fundamentales:

  • El reconocimiento de y meditación en aquel a Quién nos dirigimos
  • Oración por temas de mayor alcance que nuestros propios asuntos
  • Nuestras peticiones personales
  • La reconciliación vertical y horizontal
  • La protección del mal
  • La alabanza.

El modelo es ideal, porque es lo bastante sencillo para que cualquiera pueda usarlo para empezar; y a la vez completo, al cubrir los elementos básicos y necesarios que la oración diaria requiere.

Veámoslo frase por frase:

(i) ‘Padre nuestro que estás en los cielos…’

Aquí está la base para que nos acerquemos a Dios con fe: nuestra relación con El, a través de Jesucristo, es de hijos a un Padre. Al empezar la oración, reconocemos en primer lugar esta relación y lo que supone (I Juan 3.1-2); y luego la posición de poder supremo que nuestro Padre ocupa (Isaías 43.10-13; 46.9-10). Si empezamos por confesar y meditar en eso, luego tendremos fe para lo demás.

‘Santificado sea tu nombre…’

En este mismo apartado, de manera natural seguimos en la misma línea, considerando todo lo que es nuestro Dios. A lo largo de la historia Dios ha ido revelando aspectos de Su Ser a través de sus Nombres y títulos: el Dios Todopoderoso (Génesis 17.1), el Yo Soy (Exodo 3.14); y luego todos los compuestos hechos con este nombre: Jehová-Sama, Jehová-Jireh, Jehová-Tsidkenu etc. etc., que revelan más de 30 facetas del carácter Divino.

Jesús mismo continua extendiendo nuestra comprensión de Su persona y ministerio, al decirnos Yo Soy la Luz del Mundo, Yo Soy el Buen Pastor, Yo Soy la Puerta… Meditando en todo lo que es y todo lo que significa nuestro Dios, entramos en Su presencia en un tiempo de adoración.

(ii) ‘Venga tu reino. Hágase tu voluntad…’

A la hora de empezar a pedir, Jesús nos lleva a mejorar nuestras prioridades. Por muy importantes que sean nuestras propias necesidades, los temas mundiales o nacionales del avance del Reino de Dios, y del cumplimiento de la voluntad de Dios en la tierra, son por supuesto mucho más importantes. Por lo tanto, al venir al Señor debemos dejar a un lado el egoísmo, e interceder primero por este mundo: sus problemas, su necesidad de salvación, sus autoridades, el progreso de la Iglesia de Cristo, etc.

También, en toda petición que hagamos por nosotros mismos y la gente nuestra, lo primero que hace falta es que toda circunstancia se sujete a la autoridad de Dios y al cumplimiento de Su voluntad. Si empezamos orando por esto nos estamos sometiendo al Señor, y así daremos lugar al Espíritu Santo a dirigir nuestra petición en una manera que abrirá la puerta a la intervención de Dios (Romanos 8.26-27).

(iii) ‘El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy…’

Aquí ya empieza nuestro tiempo diario de petición por nosotros mismos y por los nuestros: por nuestras cargas y preocupaciones, y por las necesidades básicas: el ‘pan’ en todos los sentidos. El pan literal de trigo (II Corintios 9.9-10); el pan espiritual, para fortalecernos en el Señor (Juan 6.48-51); nuestra necesidad de salud, de sanidad cuando enfermamos, y de liberación de opresión (Marcos 7.26-29); y el pan de la intervención directa de Dios en cualquier área de nuestra vida (Mateo 4.4).

(iv) ‘Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros…’

También cada día debemos dar tiempo a examinar nuestros corazones para hacer confesión delante de Dios; entendiendo que nuestra disposición de perdonar a los que pecan contra nosotros, y mantener limpias y sanas nuestras relaciones con los demás, está ligada directamente a la disposición de Dios de perdonarnos a nosotros, y permitirnos estar en buena relación con El (Mateo 6.14-15).

No deben acumularse ‘deudas’ delante de Dios, de acciones, palabras, actitudes que requieren arrepentimiento y renuncia de nuestra parte: debemos hacer ‘borrón y cuenta nueva’  a diario; con un creciente clamor y angustia acerca de aquellas cosas que persistan o nos aten. La victoria a veces puede tardar; pero no nos llegará en ningún otro lugar que humillados y arrepentidos ante la presencia del Altísimo.

Tampoco podemos endurecer nuestro corazón ante situaciones de conflicto. Hemos de perdonar las ofensas recibidas; y también reflexionar si algún hermano ha sentido daño por nuestra parte. Allí nuestras intenciones no son relevantes, sino el sentimiento del otro. Aunque no tuviéramos ninguna intención de dañar, y aunque haya sido un malentendido, el otro sintió daño:  esto lo lamentamos y queremos sanarlo ofreciendo nuestras disculpas. Lo hemos de arreglar delante de Dios; pero no hay paz vertical hasta que en el plano horizontal la intención pase a acción, y hayamos arreglado el asunto con el hermano mismo (Mateo 5.23-24).

(v) ‘Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal/maligno.’

Después de someternos a Dios, debemos también resistir al diablo (Santiago 4.7). Jesús aquí nos revela que la oración por la protección de Dios debe ser habitual; y aunque las pruebas son importantes, como instrumentos de la enseñanza de Dios en nuestras vidas para hacernos crecer (Santiago 1.2-3, 12), podemos, más bien debemos, orar para ser guardados de ellas: otra manera de expresar estas palabras es, ‘no nos hagas pasar por duras pruebas’. El sufrimiento puede ser algo que Dios utiliza para bien (I Pedro 5.10); pero no tenemos por qué desearlo, sino al contrario pedir que Dios nos lo evite en lo posible.

Y además de la prueba, está la malicia del maligno que busca pretexto para atacar y dañarnos; y podemos darle pie incluso sin darnos cuenta. Ser guardados del mal que hay en el mundo, y del maligno que lo maneja, no es algo automático, ni cosa de la casualidad: es un tema de oración constante a Dios. Si queremos ser guardados de sus ataques debemos pedirlo en oración; y la sobriedad y la vigilancia también son necesarias:

“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor, buscando a quien devorar.” (I Pedro 5.8)

(vi) ‘Porque tuyo es el reino… Amén.’

Cada día debemos dedicar tiempo a alabar al Señor; y está es la mejor manera de concluir nuestro tiempo de oración: nos ayuda, entre otras cosas, a evitar que en nuestra petición a Dios empecemos a sentir queja o amargura hacia El; ya que nuestra súplica puede incluir cosas que nos causan profunda angustia. Dios no está allí, frío, indiferente, endurecido, haciéndose de rogar porque le sabe mal responder, y prefiere que la gente sufra el castigo:

“Levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos… porque no aflige ni  entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.” (Lamentaciones 3.41 y 33).

Al contrario, cuando oramos nos unimos a Su Espíritu, que conforme a la voluntad del Padre intercede por el cambio (Romanos 8.26-27). Por lo tanto ni la ira ni la contienda tienen lugar en nuestra petición (I Timoteo 2.8); son contrarios a la fe en Su bondad y deseo de bendecir. Podemos tener preguntas, a veces profundas e incluso desesperadas; pero esto no nos debe llevar a acusar a Dios de ‘despropósito alguno’ (Job 1.22). El siempre hace las cosas bien, y debe ser agradecido y alabado siempre (Efesios 5.20; Colosenses 3.15); y nuestra oración siempre sazonada con acción de gracias (I Timoteo 2.1).

 

(C) Una instrucción para cada día

Quedan dos cosas importantes que debemos notar:

(i) Frecuencia.

En el tercer apartado Jesús demuestra claramente que los creyentes tienen el deber y necesidad de guardar su tiempo de oración todos los días; porque dice que de estas necesidades que, como el pan, necesitamos a diario, sólo podemos pedir la ración del día en curso: “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.” De modo que mañana tenemos que volver a él y buscar por la porción de ese nuevo día; y al día siguiente, y al siguiente… No es el plan de Dios que ningún día pase sin oración al Padre.

(ii) Importancia.

Siendo estas las instrucciones de Jesús sobre nuestra vida de oración, no se trata sólo de una ayuda que podemos utilizar si creemos que nos hace falta; sino más bien de una instrucción acerca de lo que debemos hacer. El dice ‘Vosotros, pues, oraréis así.’ No lo presenta como una sugerencia, o una buena idea, sino como algo que se debe respetar. Y por supuesto, ningún cristiano puede decir que no sabe orar, cuando Jesús mismo le ha explicado cómo hacerlo. En cualquier momento, sin nada que nos lo impida salvo nuestra desgana carnal, podemos coger esta guía y usarla; y aunque sólo pasemos cinco minutos en cada uno de los pasos, nos encontraremos orando una media hora: y nuestra vida de oración habrá comenzado.

Cualquier persona que coge estas instrucciones y las aplica así, dedicando cinco minutos a cada uno de los seis aspectos diariamente durante un mes, habrá roto completamente la barrera que tantos cristianos profesan, de no saber o no poder orar. Y si después del primer mes tan sólo da el paso de aumentar estos cinco minutos a diez, para que al final del guía haya orado una hora, el fluir del ‘espíritu de oración’ (Zacarías 12.10) en su vida habrá empezado; la sombra del Altísimo habrá comenzado el seguimiento de sus pasos. Habrá vida espiritual en su corazón, hambre de Dios en su vida; estará listo para progresar a los siguientes pasos de aprendizaje de la oración: porque esto es sólo el principio: Jesús tiene mucho más para enseñarnos…