ORACION E INTERCESION EN LA VIDA DEL CRISTIANO Y DE LA IGLESIA

BLOQUE I: EL COMIENZO DE UNA VIDA DE ORACION

 

(II) – FUNDAMENTOS PARA LA VIDA DE ORACION

 

Lectura: 1ª Pedro 2.4-10.

Texto: 1ª Pedro 2.5 “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual  y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio  de Jesucristo.”

 

Introducción

Hemos hablado de nuestra imperiosa necesidad de aprender a estar con Dios, en oración y en Su palabra, para volver a la armonía con el Creador y para poder realizar cualquier cosa útil en nuestra vida cristiana. Ahora, en la sabia economía de Dios El ha dispuesto que esta misma actividad nos llevará a realizar la tarea por la cual nos ha llamado, y así cumplir con el propósito por el cual nos ha dejado en la tierra.

 

(A) Nuestro llamado y ministerio

Pedro nos explica que como cristianos formamos parte de un nuevo sacerdocio (vs.5y9). Dios nos ha llamado y elegido para ello; nos ha encomendado este trabajo, que conlleva ministrar entre Dios y los hombres (Hebreos 5.1-4):

“Todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere.”

Esto no es sólo algo que hacemos – una actividad profesional que realizamos en momentos determinados, pero luego nos retiramos a nuestra vida privada: es lo que somos; una condición y estado permanente. Hemos de ofrecer sacrificios espirituales en este ministerio: alabanzas (Hebreos 13.15), actos de amor y servicio (Hebreos 13.16), oraciones por los pecadores (Hebreos 5.3), e intercesión por todas las naciones (Marcos 11.17).

El propósito de Dios en este ministerio es alcanzar a la humanidad para salvación (I Timoteo 2.1-8):

“Exhorto ante todo a que se hagan… oraciones… por todos los hombres… porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos…”.  

Debo entender que si Dios me ha elegido a mí no ha sido en preferencia a nadie, mucho menos para excluirles; sino para abrir puertas de salvación hacia los demás:

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto.”  (Juan 15.16).

Dios se ha fiado de mí para colaborar con El en salvar a todos los hombres posibles; por lo tanto tengo la obligación de desempeñar mi ministerio como intercesor por el mundo, lo cuál requiere primero aprender y luego dedicarme al trabajo de la oración. En cuanto un cristiano comprenda que el primer ministerio que tiene, el principal trabajo de su vida, es el de sacerdote del nuevo pacto; entonces se entregará seriamente al aprendizaje de la vida de oración.

 

(B) Dios nos ha consagrado

Nuestra vida no nos pertenece. Dios la ha comprado, y ha hecho de nuestro cuerpo un templo: la morada del propio Espíritu Santo (I Corintios 6.19-20):

“¿O ignoráis que vuestro  cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu…”

Dice Pablo que esto implica santificarnos, y no mezclarnos con el pecado que nuestro Huésped Divino aborrece; pero significa mucho más que eso. La ‘santificación’ o ‘separación’ no es tanto ‘separados de’ sino ‘separados para’: puestos aparte para un uso santo.

Cuando Dios mandó construir el tabernáculo, y posteriormente el templo, les dio un uso totalmente exclusivo. Ellos y todo lo relacionado con ellos (utensilios, vestiduras, perfume) eran para el servicio de Dios y nada más (Éxodo 29.21; 30.31-32, vs.36-37); y cap.30.26-29:

“Con él ungirás el tabernáculo… con todos sus utensilios… Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado.”

La gente no podía entrar en estos lugares a la ligera:

“Puso también porteros a las puertas de la casa de Jehová, para que por ninguna vía entrase ningún inmundo.” (II Crónicas 23.19);

y para algunas partes el derecho de admisión era totalmente reservado (Hebreos 9.6-8):

“…pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote (entra) una vez al año…”.

Más impensable aún era usar estos lugares para fines paganos o mundanos; y si esto ocurriese alguna vez, después hacia falta todo una limpieza y restauración (II Crónicas 33.4-5, con 34.3, 8-10).

Jesús mismo mostró cuán indignado se siente Dios cuando Su casa se entrega a otros usos que aquellos por los cuales fue consagrada (Marcos 11.15-17; y Juan 2.15-16):

“Haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo… ‘no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.’”  

Así que, un templo es un lugar que Dios aparta de todo uso común para que sea una ‘casa de oración’; y no tolera que se destine a otra cosa.

Entendiendo esto, el cristiano como templo de Dios debe igualmente dedicar su vida, su cuerpo, como casa de oración (I Pedro 2.5 y II Corintios 6.16):

“Sed edificados como casa espiritual… para ofrecer sacrificios espirituales…”

“Porque vosotros sois el templo del Dios viviente.”

La oración del templo es por y para todas las naciones, y en el caso de los cristianos nos deja claro Pablo lo que esto implica: hemos de orar por todos los hombres, por la salvación del mundo (I Timoteo 2.1,4). Nos quejamos de las terribles cosas que pasan entre las naciones; pero Dios se ha provisto de una ayuda para este mundo: que Su pueblo se dedique a la oración por las naciones, para que El pueda intervenir con misericordia sobre ellas.

En resumen: si Dios nos ha comprado y puesto aparte para ser una casa de oración, es imprescindible que nos dediquemos a ello, y seamos templos santos para el Señor (Efesios 2.21-22). Si permitimos que nuestra vida se llene de toda clase de actividad, y la oración no sea su uso principal, entonces de nuevo estamos haciendo del templo de Dios una casa de mercado; y es peor aún si el ladrón consigue robar de nuestras vidas lo que es de Dios, o logra esconderse en áreas de nuestro corazón: porque entonces hace de este templo su propia cueva.

 

(C) El Ministerio del Cuerpo

Muchos cristianos siguen engañados con la idea de que si no tienen ningún don para el ministerio público – uno de los cinco dones ministeriales o algo cercano a ellos – entonces no tienen ministerio. ¡Nada más lejos de la verdad! ‘El Ministerio’ es algo que pertenece a todos los santos: y ‘los ministerios’ son dados por Dios para prepararles para ello:

“Y El mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros… pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio.”

Una idea frecuente, quizás no expresada abiertamente pero sí pensada, es: ‘¿No tienes ministerio? Siempre te queda orar.’ Pero en realidad la tarea de toda la Iglesia, el llamado del Cuerpo de Cristo en su conjunto, es la Obra de El Ministerio: el sacerdocio de las naciones. Y por culpa de que tantos cristianos nunca llegan a entender esto – en parte porque muchos ministerios no les preparamos para ello – el mundo va como va. Está claro que no vamos a poder impedir que ‘los malos hombres vayan de mal en peor’; pero es imposible cuantificar el tremendo impacto para bien que la Iglesia pudiera tener, si se dedicara de verdad a su ministerio sacerdotal.

 

(i) Prioridad

Volviendo a I Timoteo 2, no debe ser tan difícil que la Iglesia llegue a comprender por qué está en la tierra, y a qué se debe dedicar, cuando Pablo explica con toda claridad que la actividad principal de cualquier congregación es esa:

“Quiero, ANTE TODO, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones…”

Esta es la base de nuestro programa congregacional. Hay otras cosas que tenemos que hacer, pero sobre todo hemos de organizar esto: un programa de trabajo para interceder por la humanidad. No se trata de un culto semanal de oración, al que casi nadie va porque lo encuentran aburrido: sino de una actividad constante de toda clase de oración – súplicas, ruegos, intercesiones, todo mezclado con alabanza y agradecimiento a Dios: y todos ellos en plural.

Aquí conviene recordar que la oración es una actividad del Espíritu (Romanos 8.26-27), como un poderoso río que fluye incesantemente y en el que Dios nos llama a entrar: y llegamos a fluir en él cuando nos metemos de lleno (Ezequiel 47.3-5). Por lo tanto, sólo es difícil cuando se hace demasiado poco. Cuánto más hacemos, se hace cada vez más viva, más poderosa, más inspirada, más fácil.

 (ii) Alcance

Debemos entender lo extremadamente importante que es este trabajo, cuando vemos las cosas que Pablo pretende que se consiga por medio de él.

Salvación: “Por todos los hombres… porque Dios quiere que todos los hombres sean salvos”. Dios nos llama a la intercesión porque quiere salvar el mundo. Esto es ‘bueno’: por lo tanto si la iglesia no lo hace, es malo. Es ‘agradable’: entonces si no lo hacemos, no le podemos agradar. Dios necesita esto para intervenir en el mundo: la salvación de la humanidad está en nuestras manos. El Espíritu espera nuestro clamor unido para tener una excusa por soplar y mover sobre las gentes y convencerles de pecado, de justicia y de juicio.

Gobierno: “Por los reyes, y todos los que están en autoridad”: Satanás aún cree que él levanta y quita reyes, y decide el resultado de las elecciones:

“A mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy.” (Lucas 4.6).

Pero Dios advierte que en realidad es El quien lo hace (Daniel 4.17):

“Para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien El quiere lo da…”

No es que Satanás mienta aquí – no tendría ningún sentido intentar mentirle a Jesús mismo, cuando los dos sabían perfectamente la verdad, y sabían que el otro también la sabía. Pero, ¿que vemos con Nabucodonosor – y Darío, y Ciro, y tantos otros? Qué aquel a quien Satanás levanta, por medio de la intercesión del pueblo de Dios experimenta la intervención divina en su vida; y resulta ser, después de todo, aquel a quién Dios pretendía usar. Dicho de otra manera: por la Ley Dios permite a Satanás levantar aquellos gobiernos que el mundo merece; pero por la intercesión de Su pueblo la Gracia interviene, y hace  que lleguen a ser los gobiernos que el mundo necesita.

No nos quejemos de los gobiernos: hagamos caso de Pablo y llevemos a cabo nuestro trabajo, clamando a Dios para que él los use para el bien del reino.

Paz y libertad: “Para que vivamos quieta y reposadamente…” La paz, libertad para trabajar y vivir como cristianos, buen orden… Nuestra oración va a influir en todo esto; y son las cosas que debemos pedir. ¡Cuantas cosas cambiarían en este mundo, si la Iglesia, cada cristiano desde sus primeros pasos como creyente, realmente estuviera clamando constantemente al Señor por todo esto! Porque Pablo nos hace saber que todo esto depende de nuestra oración. Muchas veces parece que estamos entregados a todo lo demás, a casi cualquier cosa menos a este ministerio: pero ¡tengamos fe que el cambio es posible!

 

(iii) Constancia

Por todo eso debemos también entender mejor las palabras de Pablo: ‘orad sin cesar…’. Al entrar cada vez más en la presencia de Dios para dedicarle – como vimos en la primera lección – tiempo en exclusiva, conseguimos también que nuestra mente y nuestro espíritu se mantengan en frecuente comunión con El mientras nos ocupamos de las tareas de la vida. Y sobre este fundamento podremos edificar en conjunto, como pueblo, algo poderoso: un verdadero bombardeo de oración constante que pulveriza las huestes enemigas, como indica Pablo en Efesios 6.18:

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos…”.

 

(D) Sal sin sabor

Jesús resume la labor de la Iglesia en el mundo en estas dos imágenes: somos sal, y somos luz (Mateo 5.13-16). Estamos en el mundo para ser su luz: este es el propósito que ha tenido Dios en encender una vela en cada uno de nosotros, porque nadie enciende una luz para que quede escondida. Y aquí no se refiere a nuestro mensaje (aunque ese es de suma importancia), sino a las tablas escritas en carne: el mensaje de vidas transformadas por el poder de Dios.

“Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

Buenas obras: la Iglesia en su conjunto es (o debe ser) instrumento de bien social: si no, ¿cómo dará fiel reflejo del amor y compasión de Dios por la humanidad? Pero al nivel individual, de uno en uno, el creyente también ha de ser luz: como padre, hijo, marido/mujer, vecino, compañero, jefe, empleado, ciudadano… No por ser perfecto, que no somos ni seremos en este mundo, sino más bien por los frutos de nuestro arrepentimiento – aquellos que el Espíritu nos da; y por nuestra capacidad de mostrar hacia los demás ese corazón arrepentido, al ser capaces de reconocer nuestros fallos, pedir perdón, perdonar, vivir la reconciliación, la misericordia, la aceptación del otro con sus fallos también… Y todo esto es parte de nuestro ministerio sacerdotal:

“Para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad.” (Hebreos 5.2).

Ahora, también dice Jesús que somos la sal de la tierra: aquel agente de preservación con que la carne es impregnada para que no se corrompa. Nuestra influencia en la tierra, si damos lugar a la acción del Espíritu Santo Quién está en nosotros, frena el avance de la maldad; y el día que dejemos de hacerlo, Jesús nos advierte que no serviremos de nada:

«Ahora, si la sal pierde su sabor, ¿con que será salada? Ya no sirve para nada…”.

“Ya está en acción el misterio de iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene… ” (II Tesalonicenses 2.7).

Es algo hermoso cuando Dios levanta ministerios de impacto socio-político: personas como William Wilberforce y Martin Luther King, que combinan su fe con un llamado a influir directamente en cambios en la sociedad; y a otros, cuyo ministerio como predicadores llega a influenciar naciones: como Juan Wesley, cuya predicación evitó en Inglaterra una revolución a la francesa; como John Knox de Escocia, de quién la Reina Mary dijo que temía sus oraciones más que a todos los ejércitos de Inglaterra; y como Billy Graham, a cuya campaña londinense de 1952 acudió el propio Rey; y cuya campaña de 1954 tenía como fruto una quincena de años después a varios centenares de personas pastoreando iglesias en el Reino Unido.

Por supuesto, estas personas son sal en la tierra; y nos recuerdan que ninguno debemos ser parte de la mayoría silenciosa, sino usar nuestra voz y voto en la sociedad para luchar por el bien y los valores cristianos. Pero, ¿por qué se levantan estos ministerios? Es en respuesta a la oración de personas que entienden su responsabilidad:

«Rogad, pues al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.” (Mateo 9.38).

Hay pocos obreros, y la oración a Dios es la actividad que cambia esto.

En conclusión: es la oración que levanta a las personas que influyen contra el mal en este mundo; igual que abre la puerta a la salvación de los hombres, cambia a gobernantes, y produce la paz y tranquilidad para la vida humana. Es el ejercicio de la obra del ministerio, el hablar a Dios a favor de los hombres como sacerdotes, que nos hace funcionar como sal en la tierra.

Por lo tanto si no conseguimos que los creyentes, las iglesias, entiendan y aprendanPor lo tanto, si no conseguimos a cumplir con su ministerio, seremos sal sin sabor, inútil, infructuosa. Es preciso, es urgente, que nos entreguemos a un nuevo aprendizaje y enseñanza del ministerio de la oración: y como dijimos al final de la lección primera, no podemos hacer mejor que empezar donde Jesús empezó: enseñando a sus discípulos a dar los primeros pasos en respuesta a la petición que hicieron: “Señor, ensénanos a orar” (Lucas 11.1).