AVIVANDO LA ORACION EN LA VIDA DEL CREYENTE Y DE LA IGLESIA LOCAL

EL COMIENZO DE UNA VIDA DE ORACION

 

(I) – LAS IMPLICACIONES DE LA DEPENDENCIA DE DIOS

Lectura: Juan 15 1-17.

Texto:  Juan 15.5: “Separados de mí, nada podéis hacer.”

 

(A) El Creador Omnipresente

La palabra nos dice que Dios creó todas las cosas para sí mismo; y también que todas las cosas tiene su existencia en El:

“Porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.”

“Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo.”

“Todo fue creado por él y para él… y todas las cosas en él subsisten.”

          (Apocalipsis 4.11; Proverbios 16.4; Colosenses 1.16-17).

Dios no está en el Universo: el Universo está en Dios, y la Creación entera sólo funciona bien cuando acepta esta verdad, y obra en armonía con la voluntad del Creador y por medio de Su poder.

El Universo entero funcionaba de esta manera a la perfección hasta la caída, primero de Satanás y después del hombre; y fue entonces cuando se introdujo el concepto y deseo de la independencia de Dios, trayendo la expulsión – de aquel del cielo y de nosotros del Edén – y, en consecuencia, la maldición.

Como resultado, estrellas y planetas se extraviaron de sus cursos; malas hierbas empezaron a crecer en la tierra; entró la fiereza en la naturaleza de las bestias. Pero peor de todo, desde la caída del hombre el ser humano tiene un espíritu independiente desde nacer, en conflicto con la sumisión al Creador, el cual hace que aún sus mejores impulsos tengan un elemento pecaminoso:

“Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia.” (Isaías 64.6).

Es decir, aún cuando queremos hacer el bien, lo queremos hacer a nuestra manera, sin contar con Dios; o dicho de otra manera, queremos hacer el bien por medio del mal.

Cuando nos convertirnos al Señor, tomamos la decisión consciente de volver a la unión con el Creador, de volver a vivir en El y para El, y darle lugar a vivir en y a través de nosotros:

“Uno murió por todos… para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.”

 “Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí.” (Gálatas 2.20; II Corintios 5.15).

Pero esta decisión tiene que luchar contra una naturaleza torcida, y contra años de mal aprendizaje. El querer hacer nuestra propia voluntad es algo intrínseco; y la reticencia a movernos de ella, para conformarnos a la voluntad de otro, es como la ley física de la inercia: siempre nos resistimos a ello. Peor aún, nuestra carne contiene un rechazo especial a la voluntad de Dios:

“El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí…” (Gálatas 5.17).

“Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.” (Romanos 8.7).

Por lo tanto, a lo largo de toda nuestra vida cristiana estamos en un proceso de aprender la sumisión voluntaria a la autoridad de Dios:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12.2).

 

(B) La Comunicación: vía de cambio

“Permaneced en mí, y yo en vosotros… Si permanecéis en mi, y mis palabras  permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis…” (vs.4,7).

Hemos decidido obedecer a Dios, pero no nos sale de manera natural aplicar esto a la realidad del día a día.

Eso requiere cambiar nuestra manera de vivir, y no es cuestión sólo de evitar pecados, sean grandes o pequeños: debemos aprender a no guiarnos más por lo que nos apetece, hasta en lo más cotidiano.

Tampoco debemos empecinarnos en nuestras propias ideas e intenciones – ni siquiera en las buenas – sino estar dispuestos a ceder al más pequeño impulso del Espíritu Santo. Será un aprendizaje constante en busca de la meta que mencionó Jesús: “Yo hago siempre lo que le agrada (al Padre)” (Juan 8.29).

La vía que Dios ha provisto para este cambio es el contacto con El, con Su presencia. El poder de la presencia real de Dios es como una radiación espiritual que va penetrando, avanzando, corrigiendo y transformando nuestro ser; y la práctica que da lugar a la conexión con Dios es la comunicación.

Al dirigirme a Dios, a través de la oración que con sus múltiples facetas – adorar, alabar, pedir, buscar, interceder, etc. – es dirigida al Dios Quién siempre está presente (y más aún, vive dentro de mí), entro en Su presencia y empiezo a experimentar los beneficios de estar allí – “acércate a Dios, y El se acercará a ti”.

De igual manera, al oír y leer Su palabra, las cosas que Dios ha dicho y que están impregnadas con Su aliento, la vida que reside en ella me transmite algo de El mismo: Espíritu y vida.

“Las palabras que yo os he hablado son espíritu, y son vida.” (Juan 6.63).

Jesús dice: “Si permanecéis en mi, y mis palabras permanecen en vosotros…”: esta permanencia no se refiere a algo ‘posicional’: por supuesto, posicionalmente estamos ‘en Cristo’, y esto no cambia.

Sin embargo, el ‘no permanecer’ no significa ‘no estar en Cristo’, porque el ‘ser echado fuera como rama’ (v.6) es una consecuencia de no permanecer, y no la misma cosa.

Jesús aquí nos está hablando de la acción de permanecer: de una permanencia activa, que produce fruto. Se refiere a la meditación constante en las escrituras – como decía en la Ley:

“Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma… hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando de acuestas, y cuando te levantas…” (Deuteronomio 18-19).

Y se refiere a la práctica continua de la oración: la acción de apartarnos con frecuencia de otras actividades y dedicarnos a ella:

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica…” (Efesios 6.18).

Al entrar en la presencia de Dios por esa doble permanencia, esa presencia de Dios no sólo actúa como una radioterapia contra el pecado y la carne, quemando las células malas; también, al ir fluyendo el Espíritu a través de mí con Sus ideas y pensamientos, El me va alineando poco a poco con ellas, conformando mi voluntad cada vez más a la de Dios:

“Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” (II Corintios 3.18).

Así Dios a mí me va transformando y conformando a vivir cada vez más en Su voluntad, y yo voy comprobando que esto es lo más agradable, bueno y perfecto que existe.

 

(C) Abrigo y sombra

Es importante no confundir la acción específica de orar, con un ‘estado de conciencia’, de simplemente pensar en El mientras hacemos otras cosas. Hay personas que, al hablar de su vida de oración, dicen  ‘yo siempre estoy con la mente en el Señor, siempre estoy hablando con El…’.

Por supuesto, esto es algo muy bueno a que tenemos que aspirar: pero es un error total pensar que esto puede sustituir la acción consciente de apartar tiempo para Dios en exclusiva.

No podemos tratar a Dios con menos consideración y respeto que hacemos los unos con los otros. Cuando tu esposa te habla mientras lees el periódico, ¿qué ocurre? Después te dice ‘¡pero ya te lo dije!’, pero tú no te acuerdas de nada, aunque en aquel momento le dijiste ‘sí, sí, cariño’.

Es por ese mismo motivo que está prohibido por ley hablar con el móvil o mandar mensajes de whatsapp mientras vas conduciendo en el coche: porque nuestra concentración siempre queda mermada cuando intentamos hacer dos cosas a la vez.

¿Cómo podemos pretender entonces que Dios, que merece más respeto que nadie, se conforme con la mitad de nuestra atención? El deja muy claro en Malaquías lo que piensa de este tipo de trato de parte de los hombres (Malaquías 1.6-9).

Dios sí puede atender a millones de cosas a la vez, porque El es Dios, y es Infinito: pero nosotros no. Dios es celoso en Su trato con nosotros: es decir, no acepta que le tratemos como menos de lo que es: el Primero, el más Grande, el Único Dios, el más importante; tratarle de otra manera es insultarle.

Así que la oración es cuando apartamos otras cosas y damos a Dios atención en exclusiva, tal como enseño Jesús:

“Tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto.” (Mateo 6.6).

Ahora, el tiempo que pasamos así nos da una base para seguir en contacto con Dios cuando salimos del lugar secreto: que es lo que explica David en el Salmo 91:

“El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente.”

Si nos acostumbramos a pasar tiempo, hacer nuestra habitación, al ‘abrigo’ (inglés: ‘lugar secreto’) de Dios; entonces cuando salimos de ese lugar nos cubrirá la sombra de la misma presencia de Dios, acompañándonos por todas partes.

Es bueno, es importante, mantener nuestra llenura del Espíritu Santo de forma continua; y Pablo nos dice que lo podemos conseguir si mantenemos un espíritu de alabanza al Señor mientras desarrollamos nuestra vida cotidiana (Efesios 5.18-19). Pero primero tenemos que pasar ese tiempo de calidad delante de El, llenándonos de Su presencia. ¿Cuánto tiempo hace falta, o cuántas veces al día?

Daniel y David volvían allí tres veces cada día (Daniel 6.10, Salmo 55.17); Isaías lo hacía cada madrugada (Isaías 26.9), Habacuc cada noche (Habacuc 2.1); pero básicamente la respuesta es, cuanto más mejor.

 

(D) No confundir ‘don’ con ‘relación’

“Separados de mi, nada podéis hacer.”

El éxito de nuestra vida cristiana depende de nuestra comprensión y aplicación de estas palabras de Jesús. Dependemos de El directamente para todo: para vida, cambio, dirección poder, victoria… Dios nos puede dar distintos dones, y orientarnos hacia distintos ministerios; pero todos y cada uno de ellos requiere una vida de oración para su buen funcionamiento, y crecerá en eficacia conforme nuestro contacto con Dios lo haga; porque ‘separados de El nada podemos hacer.’

Aclaremos: no debemos pensar que los dones y ministerios se reciben como premio a la oración a Dios: los dones son regalos – no se pueden merecer: y los ministerios son regalos a la iglesia, distribuidos por gracia conforme al propósito de Dios, y operados por fe. Pero volvemos al punto de partida: todo lo que existe en este Universo debe funcionar en y a través del poder de Dios, en unión y armonía con el Creador.

Y si esto es cierto hasta para las cosas materiales, cuánto más no lo será para el propio trabajo de la obra de Dios, para establecer Su reino.

Nuestra vida de oración y nuestra meditación en Su palabra son las actividades que permitirán ministrar con Su respaldo y poder. Ministramos por fe: pero la fe no nace en nosotros: es don de Dios, y también Su palabra la transmite. La oración no es una obra que hacemos, que acumula mérito delante de Dios: es simplemente la fe puesta en marcha, la declaración de nuestra total dependencia de El, y así se define:

“Cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que El existe, y que recompensa a  quienes lo buscan.” (Hebreos 11.6, NVI).

No es que ganamos puntos con Dios por el tiempo que pasamos con El; es simplemente que cuanto más estamos con El, tanto más El puede quedar después con nosotros. Somos como una batería que es imposible cargar en exceso; incluso, funciona mejor cuando queda enchufada. Por eso la famosa recomendación de Pablo, “orad sin cesar” (I Tesalonicenses 5.17).

 

(E) El aprendizaje más difícil, pero la más necesaria.     

Por todas estas razones, debemos entender que el desarrollo de la decisión, el deseo y la capacidad de pasar tiempo a solas con Dios, en adoración, oración y meditación en Su palabra, es la necesidad primera, primordial y permanente del creyente. Es la relación con Dios llevada a una realidad práctica, en vez de ser un estado teórico; y esta relación y su práctica deben seguir creciendo y madurando a lo largo de nuestras vidas.

Recordemos de nuevo: la oración, el contacto con la presencia de Dios, no es algo natural para nosotros, sino anti-natural. cordemos de nuevo: la oración, el contacto con la presencia de Dios, no es algo naerioVa en contra de nuestra naturaleza caída, tanto de cuerpo como de alma. Fortalece a nuestro espíritu, que ha nacido de Dios, pero a nuestra carne no le gustará jamás. La oración es como el agua: sacia la sed y aporta vida, pero no tiene sabor, no da gusto. La carne la aborrece, y el alma la encuentra aburrida, porque no le aporta ningún estímulo. Hasta la lectura de la palabra y los cantos de alabanza tienen su gusto natural, porque la lectura informa y los relatos emocionan; y la música es agradable a los sentidos: pero la oración sólo estimula el espíritu; y para aprenderla, para crecer en ella, tenemos que matar la carne y disciplinar el alma.

Nunca lo vamos a hacer porque nos gusta, o porque apetece: sino porque nuestro espíritu, que ha nacido de Dios, tiene hambre y sed de su Padre: y cuando desarrollamos ese puro deseo, y nos entregamos a esa sed con todo nuestro ser, puede llegar a dominar todos nuestros sentidos, hasta que clamemos con David “mi alma tiene sed de ti, y mi carne te anhela, en tierra seca y árida…” (Salmo 63.1).

Pero aún así, cuando los minutos van pasando a horas en la presencia de Dios, tendremos que luchar con el deseo creciente de la carne de alejarse de allí; y con la inquietud del alma por algún estímulo a los sentidos emocionales: la compañía de alguien, una conversación, un paseo, cualquier cosa que rompa la monotonía de sólo seguir allí con el Dios Invisible.

Por lo tanto, la capacidad de permanecer en oración es algo que todo cristiano tiene que aprender.

Algunos pocos nacen en Cristo con un fuerte deseo espiritual de buscar de Dios, pero son los muy pocos; como otros que nacen con una hambre especial para la palabra, y pasan horas leyendo desde el primer momento; y otros (esto quizás pasa con más personas) que nacen con un fuerte anhelo de evangelizar a todo el mundo, y hablan de Cristo sin parar.

Pero a la inmensa mayoría la oración nos cuesta mucho, y tenemos que tomar la firme decisión de aprenderla desde cero.

Ahora, esto de ninguna manera debe ser motivo de desaliento, sino todo lo contrario: porque si comprendemos que es completamente normal que nos cueste mucho orar, nos daremos cuenta que no es porque somos cristianos malos, o poco espirituales, o porque la oración no es para nosotros: sino porque es algo que todos tenemos que aprender; y el hecho de que lo más necesario sea también lo más difícil no quiere decir que sea algo imposible; sino simplemente que al principio no sabemos hacerlo.

Cuando nacemos en este mundo nos es completamente imposible caminar, y también imposible hablar; pero son cosas que todo ser humano debe aprender a hacer, y si la genética ha funcionado bien todos lo pueden conseguir. Igualmente, para empezar el aprendizaje de la oración sólo tenemos que decir con los discípulos, ‘Señor, enséñanos a orar’; y prestar atención, y poner en práctica, la respuesta sencilla, clara, práctica y fácil de aplicar, que Jesús les dio.